Despues de La Resurreccion, Que?

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¿Se acabó la Semana Santa?


Texto Biblico: S. Juan 20:19-20 :Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor.
 

INTRODUCCIÓN: ¿Se acabó la Semana Santa?

Atrás quedan las escenas crueles que representaron la Última Semana de Jesús como ser humano.  Atrás quedaron las escenas de la tortura a la que fue sometido el Justo, El Cordero de Dios, el humilde y sufriente Salvador.  Atrás quedaron las escenas de traición, de arresto, de crucifixión.  Atrás quedaron las escenas de la pasión y muerte del Señor de la Vida, el Justo dando su vida por los injustos; el Creador dando su vida por sus criaturas, el Señor dando su vida por los siervos(as).  Atrás quedaron todas esas escenas de la llamada “Semana Santa.”  Se le llama “Santa” por el eje central fue El Santo, Jesús, El Cristo, el Ungido de Dios.  Nada de los que le pasó a Jesús pareció “santo,” pero, ÉL murió por nosotros(as) pecadores para darnos Su Vida a través de Su Resurrección y Victoria.     

Por eso es que para los cristianos, la Semana Santa no termina nunca, pues el Sacrificio, la Oblación, la Pasión, la Muerte y la Resurrección de CRISTO cambiaron nuestras vidas PARA SIEMPRE y ahora vivimos en la Gracia del Señor constantemente. “Si vivimos para ÉL vivimos y si morimos para ÉL morimos; sea pues que vivamos o muramos, ¡Somos del Señor!”  Celebramos su victoria, constantemente.  Celebramos su resurrección todos los días.  Y, si fallamos, Su Gracia permanece constante, buscando maneras de alcanzarnos para bendecirnos. Porque: “El bien y la misericordia me [per]seguirán todos los días de mi vida...(Sal. 23:6)    

Amados(as): CRISTO nos anda persiguiendo para bendecirnos, para amarnos, para restaurarnos, para perdonarnos, para sanarnos, para rescatar nuestras vidas, para traer paz, gozo y victoria a nuestras vidas. ¡Acéptalo hoy!  JESUCRISTO quiere renacer en ti y en mí.  ¡Uno más para CRISTO!  ¡Uno más para predicar, uno más para proclamar, uno más para adorar apasionadamente a DIOS, uno más que sea hospitalario y generoso abundantemente; uno más que sea un discípulo radical; uno más que sirva arriesgadamente; uno más que ofrezca testimonio del cambio operado en su ser cuando CRISTO lo alcanzó!  ¡Uno más para anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas para que  anunciemos Su Luz admirable!  DIOS quiere que te dejes alcanzar por Su Misericordia, por Su Amor, por Su Gracia.  ¡Para eso resucitó el Señor! ¡Por ti y por mí! Para alcanzarnos un día con Su Paz.

El texto bíblico nos viene del Evangelio de San Juan.  Ustedes conocen muy bien la historia de la Resurrección.  Pero, hay algo impactante que se nos puede pasar por alto: es el  simple hecho de que los discípulos se volvieran a juntar.  ¡Escuchen bien! ¡Los discípulos se volvieron a reunir, se volvieron a congregar, a pesar de todo lo que había acontecido! A pesar del dolor; a pesar de la tristeza, del tormento, de la traición, de la negación, del susto, de la persecución.  ¡Se volvieron a reunir! 

Se volvieron a juntar, a pesar de que ellos tenían que haber estado muy avergonzados. ¡Dejaron solo a Jesús en el huerto! Todos huyeron, corrieron, escaparon, abandonaron al Señor cuando lo vinieron a arrestar.  ¡Cuando más necesitaba Jesús la compañía de sus amigos, de sus discípulos, de sus seguidores, de sus fieles!  Huyeron. Corrieron.  Desertaron. Se evaporaron. Desaparecieron. Dejaron solo a Jesús. Se escabullaron.  Por eso es tan grande el hecho de que volvieran a juntarse, a pesar de haber cometido tan grande falta.  Volvieron a la Casa, al Aposento Alto, a la Iglesia; a pesar de haber pecado contra DIOS; a pesar de haber mentido en la planilla; a pesar de haber visto la película sucia; a pesar de haber utilizado palabras groseras; a pesar de haber mentido a sus esposas(os); a pesar de haber fracasado en el intento; a pesar de no haber recibido el premio que esperaban; ¡Regresaron al lugar de reunión! Volvieron al Aposento Alto, volvieron a La Casa de Papá; volvieron a la Iglesia. Volvieron para encontrarse con los demás. 


¿Ustedes creen que la historia de la Semana Santa terminó?  ¿Ustedes creen que la Semana Santa se trata solo de lo que le pasó a Jesús?  Hoy se nos invita a reflexionar sobre dónde estamos nosotros(as) en esa historia.

Mientras se sentaban uno junto al otro ese domingo deben haberse sentido muy mal; deben haberse sentido culpables, sucios, indignos del perdón de DIOS.  Solo dos noches antes el horno se había calentado y ellos habían salido corriendo. Todos escaparon. No pararon hasta que llegaron a todo posible escondite que había en Jerusalén.


¿Se ha preguntado alguna vez qué hicieron los discípulos ese fin de semana? ¿Se ha preguntado alguna vez si algunos fueron por las calles o se quedaron pensando en sus casas? ¿Se ha preguntado alguna vez qué dijeron cuando la gente les preguntó qué había pasado? “Este... bueno... como ustedes saben… no era fácil...” ¿Se ha preguntado alguna vez si permanecieron de dos en dos o en pequeños grupos, o solos cada uno? ¿Se ha preguntado alguna vez qué pensaron, qué es lo que sintieron? “Tuvimos que correr”. “¡Nos hubieran matado a todos!” “No entiendo qué pasó”. “Lo dejamos a ÉL allí”. “ÉL tenía que habernos advertido.”

¿Se ha preguntado alguna vez cuál de ellos estaba cuando el cielo se oscureció? ¿Se ha preguntado alguna vez si estaban cerca del templo cuando la cortina (El Velo) se rasgó? ¿O cerca del cementerio cuando las tumbas se abrieron? ¿Se ha preguntado alguna vez si algunos de ellos quisieron volver sigilosamente y mezclarse entre la multitud y contemplar las tres siluetas allí en el Monte Calvario? ¿Y nosotros(as), qué hicimos, dónde nos metimos, dónde nos escondimos durante esta semana?   ¿A qué le huimos?

Sobre lo que hicieron los primeros discípulos de Jesús, nadie sabe. Esas horas quedan para la especulación.  Ninguna culpa, ningún temor, ninguna duda está registrada en La Biblia sobre esto.  Pero sabemos una cosa. Ellos regresaron lentamente.  Uno a uno.  Regresaron. Mateo, Natanael, Andrés. Salieron de sus escondites. Salieron de las sombras. Santiago, Pedro, Judas Tadeo. Tal vez algunos estaban ya camino de su casa, de vuelta a Galilea, pero se dieron vuelta y regresaron. Tal vez otros se habían dado por vencidos, pero cambiaron de parecer.  Tal vez otros estaban llenos de vergüenza, pero aun así volvieron. ¡VOLVIERON! Regresaron. Se juntaron. A pesar de los pesares, volvieron.  ¡Regresa a Casa de Papá! Hijo, Hija: ¡Regresa a los brazos abiertos del Señor que te ama!

Oh, Amados y Amadas: ¿Cuánto debemos aprender de esta escena?  ¿Cuánta sabiduría se refleja en el hecho de reconocer que actuamos mal, que hicimos lo malo o dejamos de hacer lo bueno, y que DIOS está ahí para perdonarnos: en Su Casa, en Su Santuario, en Su Tabernáculo?  Está aquí esperándonos, para bendecirnos con Su Gracia que nos dice: “Paz a vosotros.” Está con Sus Brazos Abiertos, a pesar de que le abandonamos, le dejamos, huimos de ÉL.  Está con Sus Brazos abiertos para abrazarnos y dejarnos saber que no podemos hacer nada para que Dios nos ame mas, ni menos, que Dios ya nos ama, por Su Gracia. 

Uno a uno apareció en el mismo aposento alto en donde habían compartido el pan y el vino con Jesús.  Tienen que haber hallado consuelo al encontrar a otros allí.  Si, el mismo consuelo que se encuentra en la congregación de los fieles a DIOS.  El consuelo que se encuentra en la congregación de los perdonados por DIOS. El mismo consuelo que se encuentra entre la congregación de los que han aprendido que lo más importante es el Amor y la Gracia de DIOS.     ¡Díganlo los redimidos del Señor: Que para siempre es Su Misericordia! Aquí hay Paz; aquí hay Gozo; aquí hay Esperanza. Aquí hay Consuelo. Porque aquí está El Consolador, el Espíritu Santo de Dios. 

De todos los barrios de la ciudad aparecieron. Demasiado convencidos de irse a casa. Sin embargo, también estaban demasiado confundidos para irse a casa. Cada uno con una desesperante esperanza de que todo hubiera sido una pesadilla o una broma cruel. (¡Cuantas veces no hemos nosotros(as) deseado lo mismo!) Cada uno esperando encontrar alguna clase de paz, de consuelo. De estar juntos. Y volvieron.

Algo en su naturaleza se rehusaba a permitir que ellos se dieran por vencidos. Algo en aquellas palabras habladas por El Maestro los impulsó a regresar y a juntarse. La Semilla había caído en buena tierra.  Y se juntaron, se congregaron.

Ciertamente era una posición incómoda la que ellos tenían en ese terreno sin igual, entre el fracaso y el perdón. Entre la desesperación y la esperanza.  Suspendidos en algún lugar entre “no puedo creer lo que hice”, y “nunca lo volveré a hacer”. Demasiado avergonzados para pedir perdón, pero demasiado leales para darse por vencidos. Demasiado culpables para ser contados entre los discípulos; demasiado fieles para ser contados fuera de ellos.  Me imagino que todos(as) hemos estado allí.  Diría que todos nosotros hemos visto nuestras promesas barridas como castillos de arena por las olas del pánico y la inseguridad. Me imagino que todos nosotros hemos visto nuestras palabras de obediencia y promesa cortadas en pedacitos por el serrucho del temor y del miedo. Todavía no he encontrado a una persona que no haya hecho algo que juró que nunca lo haría. Todos nosotros caminamos las calles desoladas de Jerusalén, como aquellos discípulos…atemorizados, culpables, cabizbajos, tristes.

¿Qué hizo regresar a los discípulos? ¿Qué los hizo volver? ¿Los rumores de la resurrección? Eso tenía que ser parte de la razón.  Los que caminaban cerca de Jesús habían aprendido que ÉL haría lo inusual. Lo habían visto perdonar a una mujer que tuvo cinco maridos. Lo habían visto dar un trato honroso a un ladrón que era tan despreciado como un cobrador de impuestos, y había amado a un vagabundo que hubiera hecho sonrojar las caras de muchas personas.  Lo habían visto sacar fuera a los demonios de algunos poseídos, y poner el temor de DIOS en algunos religiosos que iban al templo. Las tradiciones se habían derrumbado, los leprosos se habían limpiado, los pecadores habían sido perdonados, los fariseos se habían esfumado, las multitudes habían sido movidas por ÉL.  Nadie puede hacer las maletas e irse a casa tan fácilmente después de tres años como esos. ¿Qué habrá hecho el Señor en tu vida?  ¿Cómo es posible que se nos olvide?  ¿Cuánto tiempo hemos caminado con Jesús?

Tal vez ÉL realmente se había levantado de entre los muertos, pensaron los discípulos... ¿Y nosotros(as), qué pensamos?

Pero fue algo más que los rumores de una tumba vacía lo que los trajo de vuelta.  Había algo en sus corazones que no los dejaría tranquilos con su traición. Por justificadas que fueran sus excusas, ellos no fueron lo suficientemente buenos como para borrar la verdad de la historia. Habían traicionado a su Maestro. Cuando Jesús los necesitó, habían escapado. Y ahora tenían que aceptar la vergüenza. 

Buscando perdón, aunque sin saber dónde hallarlo, regresaron. Volvieron al mismo aposento alto que guardaba el dulce recuerdo del pan partido y del simbólico vino. Allí todavía se podía respirar y oler el perfume del Señor, “el Suave Aroma de Cristo.”  Allí se sentía todavía la Presencia del Señor.  El simple hecho de que ellos regresaron dice algo de su líder.  Dice algo sobre Jesús el hecho de que aquellos que lo conocían bien no podían permanecer en su contra.  Para los doce primeros discípulos había sólo dos opciones: rendirse o suicidarse.
Sin embargo, esto también dice algo sobre Jesús: aquellos que lo conocían bien sabían que aunque no hubieran hecho exactamente lo que habían prometido, podrían todavía encontrar en ÉL, el perdón.

Así que regresaron. Cada uno con toda una colección de recuerdos y una débil sombra de esperanza. Sabiendo cada uno que todo estaba terminado, pero esperando en su corazón que lo imposible sucediera una vez más. “Si yo tuviera sólo otra oportunidad”.

Allí se sentaron. La conversación giró sobre los rumores de una tumba vacía. Alguien suspiró. Alguien tocó la puerta. Alguien arrastraba sus pies. Y cuando la oscuridad vino y se hico espesa, cuando el pensamiento fue cayendo víctima de la lógica, cuando alguien dijo: “¡Cómo daría mi alma inmortal por verlo una vez más!”  un rostro familiar atravesó la pared.  ¡ES JESÚS! ¡HA RESUCITADO! ¡Verdaderamente, ha resucitado! ¡ALELUYA!

¡Oh, amados y amadas: que final! Mejor dicho, ¡Que comienzo! No pierdan de vista la promesa revelada en esta historia. Para aquellos(as) de nosotros(as) que, como los primero discípulos, hemos dado la vuelta y hemos corrido cuando deberíamos haber permanecido y peleado, este pasaje está saturado de esperanza. Un corazón arrepentido es todo lo que ÉL demanda. ¡Salga de las sombras! ¡Salga de su escondite! Un corazón arrepentido es suficiente para permitir que el mismo Hijo de DIOS atraviese nuestras paredes de culpa y de vergüenza. ÉL, que perdonó a sus seguidores, está aquí listo para perdonar al resto de nosotros(as). Todo lo que tenemos que hacer es volver a ÉL.  Con razón lo llamaron, Jesús, el Salvador.  Con razón, resucitó para estar con nosotros(as) hoy y siempre.

¡Por ti y por mí!



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